martes, 23 de febrero de 2016

El Carnaval de Oruro

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Como les había comentado, el propósito fundamental del viaje a Bolivia fue estar en el Carnaval de Oruro. I bailó en él y no hubo ningún obstáculo lo suficientemente rudo como para impedirle lograr el objetivo, y eso me alegra.

Verán, hay mucho escrito en la web sobre este carnaval, así que quizá lo que pueda decir sea redundante. Básicamente se trata de una procesión al Templo de la Virgen del Socavón, patrona minera de la ciudad minera de Oruro. Se hace un recorrido de unos 4 kilómetros bailando que, si se hicieran caminando, bastaría poco menos de una hora para cubrirlo. Pero como no es así, los bailarines se tardan unas cuatro o cinco horas en completarlo, algunas veces con trajes sumamente pesados o más incómodos que la chingada. Mi reconocimiento, admiración y respeto para los fuereños que no están habituados a la alta montaña (recordemos que Oruro se encuentra a unos 3700 msnm, lo que dificulta la respiración y, en algunos casos, aumenta la presión arterial) y aun así realizan el recorrido de principio a fin sin hacerla de emoción.

Las dieciocho danzas que se ejecutan dentro del carnaval están llenas de colorido, trajes maravillosos, pasos hermosos y música estupenda. Es sorprendente ver pasar a cada uno de los conjuntos, que pueden llegar a reunir a quinientos o mil bailarines, cada uno de ellos ejecutando la danza de manera magistral y precisa. Se trata de multitudes interminables bailando al ritmo de las bandas. ¡Y las bandas! ¡Qué experiencia más maravillosa ver pasar a una de ellas! Las hay desde cincuenta, sesenta músicos, hasta las que congregan a más de doscientos. Desde antes de poder ver a los ejecutantes se siente el vibrar de los bombos. Imagínense lo imponentes que son al pasar frente al público.

Cholitas.
Niños caporales.
Figuras.
Morenos.
Osos de la diablada.
Foto: I. Carpio.
Una sección de la Banda Intercontinental Poopó.
Foto: I. Carpio.
Tinkus.
Foto: I. Carpio
Caporales. Mujeres.
Cholitas bonitas.
Ahora bien, esto sucede desde las 7:00 am que inicia el primer conjunto, hasta pasadas las 5:00 o 6:00 am del siguiente día cuando por fin terminan su recorrido el último grupo de danzarines y la última banda de músicos. Es simplemente majestuoso. Las bandas van acompañando a los bailarines de principio a fin y algunas de ellas hacen más de un recorrido pues acompañan a varios conjuntos de danza. ¡Qué aguante y tocando trompetas, tubas, a 3700 msnm!

Durante todo el recorrido se contagia la alegría de los participantes y el público asistente, pero, sin duda, la entrada en la Plaza Cívica, que es algo así como la recta final, es siempre más eufórica. En parte se debe a que en ese sitio se instalan las cámaras de la televisión boliviana y en parte a que es el último esfuerzo para llegar al Templo de la Virgen del Socavón. La alegría que se refleja en los bailarines al entrar al templo es indescriptible, una mezcla de alivio, éxtasis y felicidad.

Entrando al Templo de la Virgen del Socavón
Altar de la Virgen del Socavón
Hasta aquí, solo he mencionado lo bello y lo bueno del carnaval. Sin embargo, también hay cosas malas y feas.

Verán, a lo largo de todo el recorrido se instalan graderías para poder apreciar el paso de músicos y bailarines. Éstas son colocadas, según supe, por particulares a quienes el gobierno de Oruro les concesiona su instalación y usufructo. Normalmente se trata de los habitantes que tienen su domicilio en la ruta del carnaval. Algunos hoteles también instalan graderías y hasta ofrecen paquetes a sus visitantes en los que se incluye un lugar en ellas. Así que, ya se imaginaran, el precio que se cobra por ocupar uno de estos lugares varía, dependiendo del punto del recorrido y de la calidad de las gradas. Lo más barato que se cobra son Bs100.

Esto no es malo, a final de cuentas el carnaval puede beneficiar a los orureños. Lo malo es que, al parecer, no hay normas mínimas de seguridad para la instalación de estos asientos. Son frágiles y, por alguna extraña razón, parece que quienes los instalan se olvidan de que la gente tiene piernas, es decir, solo consideran el espacio que será ocupado por las nalgas del espectador. A nosotros nos tocó ver que el techo de una de las gradas se elevó a causa del viento, fue detenida por los cables de energía eléctrica y, al estar hecha con armazón de metal, provocó un cortocircuito que ocasionó que la gente huyera despavorida tanto de esa gradería como de las aledañas, además de que se tuvo que cerrar la avenida por donde pasan los artistas por un lapso de una media hora, más o menos.

Me contaron que antes estaba peor el asunto, pero no me dijeran qué tan peor. No les caería mal una suerte de Secretaría de Protección Civil, o algo parecido. Cabe decir que el carnaval es resguardado tanto por el ejército, la policía departamental y las guardias municipales. Pero en asuntos de seguridad de las instalaciones de las gradas me parece que no existe una autoridad que garantice que todo saldrá bien. Sería una pena terrible que volviera a ocurrir un accidente como el de 2014.

Otra cosa que no me gustó fue la oferta de bebidas. Abundan en todo el recorrido vendedores ocasionales de cerveza Paceña en lata, así como de alcohol de baja calidad. El licor de café al coñac marca Tres Plumas parece ser imprescindible y, por su aroma, todo indica que se trata alcohol de 96° con sabor a café. No lo probé, me provocó repulsión su aroma. I sí que lo probó y dijo que sabía de la vil chingada. El caso es que no se vende otra cosa durante la procesión. Ahora bien, dada la duración del carnaval, ya se imaginarán que en la noche están todos borrachos. Pues no, borrachos están desde el mediodía. No es por andar de malvibroso criticón, pero los bolivianos se emborrachan rápido. Aunque tampoco es que toda la gente caiga en los placeres dionisiacos, los hay quienes aguantan sobrios todo el tiempo. Sin embargo esos que sí caen hacen del carnaval algo desagradable al olfato ya que, como es bien sabido, beber harta cerveza incita a la micción constante y abundante. Y cuando se encuentra uno en un estado alterado de la conciencia poco importa el lugar donde se libere la necesidad biológica antes citada. Así que se mean debajo de las gradas, en las esquinas, en los postes, casi donde sea. Cabe decir que las autoridades instalan sanitarios portátiles, pero éstos no bastan para la demanda. De igual manera se dicta ley seca, pero los comerciantes del alcohol se preparan con tiempo. Créanme, sin exagerar, hubo ciertos puntos del recorrido en los que no era soportable el aroma.

Así quedan las calles de Oruro, llenas de basura de cerveza Paceña.
Y ya, lo último de lo que me voy a quejar es del hecho de que los dichos vendedores, tanto de elíxires etílicos como de botana y comida rápida boliviana, se pasean por la zona que debería ser exclusiva para danzarines y músicos.

Con todo, la verdad es que quedé maravillado y feliz de haber presenciado el mayor carnaval de Bolivia. Esos asuntos negativos no son lo suficientemente fuertes como para opacar la belleza y majestuosidad de la procesión al Santuario del Socavón. Y, cómo no decirlo, el llegar a la meta y beber un rico api acompañado de un pastel es una excelente recompensa por haber realizado el recorrido de punta a punta.

Api y pastel.
Si tienen oportunidad, vayan al Carnaval de Oruro, está sumamente chingón, no se van a arrepentir.

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