viernes, 5 de agosto de 2016

Los aromas del metro

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Hace ya unos cuantos años solía conversar largo y tendido con un español residente en México (originalmente exiliado en los 60s, pero que desde los 80s asumió su binacionalidad con orgullo). Y lo que más le gustaba comentar eran las notables diferencias entre su natal Madrid y mi natal Ciudad de México. Decía, entre otras muchas cosas, que el metro allá olía a cerdo y acá a maíz. Que los españoles transpiraban chorizo, jamón, chuleta, morcilla y demás productos porcinos. Y los mexicanos transpiramos tacos, quesadillas, tlacoyos, gorditas, esquites, etcétera.

Y no lo dudo, a final de cuentas olemos a lo que comemos. Por cierto, hay toda un área de la antropología que se dedica a estudiar los sentidos y la percepción. Y dentro de este campo se hallan quienes se dedican a estudiar los olores, la percepción que una sociedad determinada tiene de ellos así como su interpretación y sus funciones sociales. Suena mamón y jalado de los pelos, pero pónganse a pensar qué sería de un rito católico, o chamánico, si en lugar de usar incienso, copal, etcétera, se usara Chanel 5, Givenchy o Carolina Herrera.

Los aromas acompañan cada momento de nuestras vidas y a veces son los causantes de la elección de amigos y parejas. Y claro que hay olores que están íntimamente ligados con espacios y contextos específicos. Mi hermano trabajaba en un hospital y lo que más le molestaba era que el aroma de la cocina se metiera al baño. Un baño debe oler a lavanda, no a mole con pollo. Yo siempre he disfrutado del aroma a mole con pollo en las fiestas del pueblo de mis papás, combinado normalmente con el olor de la tierra mojada.

Tomada de El Topocho francés
También creo que hay aromas propios para cada momento del día. Volviendo al metro, en las mañanas suele estar lleno de aromas de frescura y limpieza personal. Huele a champú, a crema corporal, a perfumes, a desodorantes, a crema para después de afeitar. En contraste, desde las seis de la tarde en adelante los aromas tienden a ser de sudor y cansancio. Quizás a esta hora era cuando más usaba el metro aquel madrileño-chilango.

Y todo esto viene a cuento porque cuando algo sale del patrón llama la atención y puede ser incluso incómodo y molesto. Hoy por la mañana, de camino a mi trabajo, el metro olía a lo que yo esperaba que oliera a esas horas. Champú, crema, desodorante… Sin embargo, un fulano, quizás con resaca del juebebes, tenía un olor propio de las seis de la tarde. Y sí, fue incómodo y molesto. Estoy seguro de que a las seis de la tarde ni lo hubiera notado, pues se habría confundido con otros tantos aromas similares y mi cerebro los hubiera ignorado. Pero no, fue a las ocho de la mañana. Y para colmo iba agarrado del tubo horizontal superior con ambas manos. Lo divertido fue ver su cara, ya que desde que noté el aroma me retiré de esa zona del vagón. Como que se sintió rechazado. Ni modo, eso le pasa por apestoso.

1 comentario:

  1. Me acordé de una vez que iba en el metro de la ciudad, la línea que es subterránea (la principal es la elevada). Un tipo empezó a verse mal, y cuando se vio que iba a vomitar varios lo esquivamos. El hecho es que aparte del chorro de vómito también le cayó de cascada en la ropa. Yo iba hasta el final de la linea del metro, a la ultima estación, asi que tuve que chutarme por buen rato el olor. Normalmente uno no hace tanto pedo, pero este pobre cuate no sé que habria comido o por que sería, el vómito olía a cien mil diablos. Me han tocado pedos en elevadores de algun valemadrista, camiones que huelen a meados de borracho, y ninguno de esos se compara a ese incidente del vómito aquella vez.

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